En el mensaje grabado del viernes para anunciar como sigue la cuarentena, salvo una referencia aislada de Alberto a que había que restringir actividades en el AMBA porque desde allí se disparan los contagios al resto del país, ese resto estuvo ausente. Como viene estando prácticamente ausente en las últimas dos o tres conferencias de prensa por el mismo tema.
Ni que decir que también está ausente de la comunicación hegemónica, en lo que acaso sea uno de los fracasos/ausencias más sentidas de la fallida ley de medios: construir una verdadera comunicación federal, con perspectiva plural, que refleje las múltiples realidades diferentes que conviven en un mismo país. El país «piensa» en porteño/bonaerense (esto último por reflejo de lo porteño), porque «es hablado» en porteño, y la porteñidad y sus problemas invaden todo.
Como fue siempre, pero se ha agravado aun más en tiempos de pandemia, y de convivencia «armoniosa y razonable» con la derecha amarilla que gobierna la ciudad vidriera de la política nacional desde el 2007, cuyos humores parecen ser un tema de primer orden para atender por el propio presidente de la nación, a la sazón porteño él; que ha traspolado al Poder Ejecutivo Nacional a muchos dirigentes del PJ Capital, que no hacen más que replicar allí el modelo de «coexistencia pacífica» con que el peronismo porteño, en casi todas sus vertientes, trata la relación con el PRO desde sus orígenes.
Atrás parece haber quedado aquella idea del «gabinete de 24 gobernadores y un presidente», acaso por las restricciones que impone la pandemia: previo a las últimas apariciones públicas de Alberto Fernández en conjunto con Larreta y Kicillof (este último en un rol bien acotado, el de contentar con alguna diferencia de matices al «núcleo duro» del oficialismo), ni siquiera se cumplió con el rito de las previas teleconferencias con el conjunto de los gobernadores, para analizar las medidas a tomar para enfrentar la crisis. Por otra parte, quienes participaron de ellas dicen que tienen bastante de rito, precisamente, y poco de intercambio real de opiniones políticas.
Se entiende que el principal conglomerado urbano del país se lleve la mayor parte de la atención, pues al fin y al cabo viven allí casi el 45 % de los argentinos y en él están los peores indicadores de la pandemia, pero como decía Horacio Verbitsky en las audiencias en la Corte justamente por la ley de medios, «afuera hay un país». Si un visitante extranjero llegara al país sin conocer demasiado de él, y lo primero que hiciera fuera encender la televisión para ver el mensaje grabado del viernes, pensaría que el país es gobernado por  un triunvirato cuyos miembros tienen todos la misma jerarquía, en el cual el señor calvo lleva la voz cantante, o su palabra y opinión son decisivas.
La imagen podría no ser del todo imprecisa, al fin y al cabo los días previos al mensaje transcurrieron mientras los medios (porteños) nos iban contando en detalle los motivos por los cuales éste se dilataba: no había acuerdos -nos dijeron- entre la ciudad y la PBA y el presidente debía mediar entre el principal gobernador de su partido y un opositor, mientras que al mismo tiempo se preparaba el terreno comunicacional y discursivo para que un sector de la sociedad (los porteños, en gran parte electorado que adversa electoralmente de modo sistemático al peronismo) fueran convencidos que la gravedad de la situación ameritaba dar marcha atrás en algunas flexibilizaciones; una molestia que no se tomaron nunca con el resto de los argentinos, ni siquiera de los propios bonaerenses, concernidos de modo directo por las decisiones que se estaban discutiendo.
Tan así son las cosas, que muy posiblemente el lunes a primera hora conozcamos un nuevo DNU que regule la nueva fase de la cuarentena, que diga poco o nada de la inmensa mayoría del país, y centre su contenido en las medidas que empezarán a regir no de inmediato, ese mismo día, para los porteños y habitantes del conurbano bonaerense, sino a partir del miércoles, como para que tengan un par de días para asimilarlas. Eso, después de tres semanas de suspenso y expectativa social para saber como seguía la cosa, en todo el país.
El panorama descripto trasciende, en nuestra modesta opinión, la cuestión de la pandemia, sus consecuencias y el modo más eficaz de enfrentarla: dice bastante sobre un estilo de gestión que Alberto Fernández ha decidido imprimirle a su gestión de gobierno y al ejercicio del poder presidencial que le confirió el voto, y al mismo tiempo y más allá de sus intenciones, alimenta especulaciones políticas de todo tipo sobre posibles alineamientos futuros en el sistema político argentino; sistema en el cual el oficialismo viene de unirse para ganar, y la principal oposición pareciera estar fragmentándose, o para ser más precisos, reconfigurando su liderazgo.
Pero la CABA es algo más que el principal distrito gobernado por la oposición al gobierno nacional, o la vidriera de quienes «quieren ser algo» en la política nacional:  también es el asiento físico del «poder real»: en ella tienen sus sedes los principales conglomerados empresarios del país, aun las firmas multinacionales que la usan de cabecera de playa de su desembarco en el país. Allí tiene su enclave la corporación judicial que configura un Estado dentro del Estado interfiriendo en los dominios de la política, y prestándose a todo tipo de operaciones cloacales con los medios dominantes, y los aparatos de inteligencia.
Allí reside el poder financiero y, como se dijo, desde allí opera el complejo mediático hegemónico, que a diario instala la agenda en torno a la cual piensan, discuten y opinan los argentinas; pero a partir del humor social porteño promedio. Ese es el entramado de fuerzas que se mueve tras bambalinas en todo ésto, operando para influir en las decisiones de gobierno, en las manzanas concentradas en torno a la Casa Rosada.
Y allí la cuestión pasa de lo anecdótico, o del estilo de comunicación o toma de decisiones del presidente, para ingresar en el terreno espinoso de la gobernabilidad, en el que a casi siete meses de empezado el gobierno, se empiezan a ver los límites concretos de la traspolación del modelo de acumulación política del PJ porteño (cómodo y conformista administrador de un cuarto del electorado en el distrito, hace casi cuatro décadas, sin vocación de poder real). Una imaginaria zanja de Alsina para que la indiada del interior (es decir, otros actores políticos y sociales), con sus aluviones zoológicos, no se precipite por las calles de la reina del Plata, y cambie el panorama.

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