ADIÓS PINO

Si juzgáramos a Pino Solanas estrictamente desde su obra cinematográfica, podríamos caer en el lugar común de decir que como le ocurre a cualquier artista destacado en lo suyo, su obra lo sobrevive. Pero Pino fue más que eso, porque nunca desprendió lo artístico de la mirada política, y la vocación militante.

Para él, como para tantos otros, el arte fue el lenguaje que eligió para expresarse políticamente, aunque también descendió a la arena concreta de la lucha política y electoral, con las luces y las sombras de todos los que se zambullen en ella. Acaso poniendo por delante su preocupación estética de cineasta, no pudo comprender siempre que en política lo mejor es enemigo de lo bueno, y que las construcciones políticas no son una toma cinematográfica que se puede repetir cuantas veces sea necesario, hasta que el director quede satisfecho.

Pino recorrió con su presencia casi 60 años de la historia política del país, y la retrató como pocos: allí queda el testimonio imborrable de sus películas y documentales que dan cuenta de la tragedia argentina: las dictaduras, las persecuciones, los exilios, la oligarquía, los saqueos, las luchas populares, el peronismo.

En su propio arco narrativo personal expresó a esa clase media más o menos acomodada y de raíz antiperonista, que intentó en los 60′ hacer el esfuerzo de comprender al peronismo, el hecho maldito del país burgués. Y como tantos, lo abrazó como causa de la que quedó prendado. Vendrían después, para él y para tantos, la desilusión, la derrota, el exilio y más acá en el tiempo el vaciamiento y la degradación del legado de Perón, en tiempos del menemismo.

Acaso por esas decepciones, Pino haya sido frente al kirchnerismo escéptico primero, y crítico después: lo juzgaba con el metro patrón del primer peronismo, sin comprender que en política se construye con lo que se tiene a mano y en las condiciones dadas, y sobre todo sin entender que se construye contra lo que se tiene enfrente. Pero dicho esto, admitamos que Pino tenía sus buenas razones para desconfiar del peronismo (o de la dirigencia peronista), y para estar enojado con lo que pudo representar.

Quizás por esas decepciones pasadas, se obsesionó durante años con la creación de esa nueva fuerza que superara al bipartidismo peronista-radical, con un empeño mayor que los resultados; y en ese afán, se colgaron de su prestigio y trayectoria militante muchos advenedizos carentes de votos propios, que le lisonjeaban las debilidades para su propio beneficio.

En su hora postrera, se redimió de esas vías muertas que no conducían a nada, cuando comprendió que la derecha usufructuaba los narcisismos de nuestras pequeñas diferencias (y vaya si Pino sabía de narcicismos y diferencias) para sostenerse en el poder; y terminó contribuyendo él también a la unidad ampliada que se expresó en el «Frente de Todos», y al triunfo electoral del año pasado que desalojó a Macri del gobierno: en términos políticos, no pudo imaginar un mejor final para la película de su vida.

Desde que siendo joven lo atrajeron las ideas de Scalabrini Ortíz y Hernández Arregui, Pino fue un obsesionado por los temas nacionales, obsesión que no abandonaría hasta el final de sus días. Creía en nosotros, en nuestras potencialidades, en nuestros recursos, en nuestra capacidad de «vivir con lo nuestro» como decía Aldo Ferrer, sin tutelajes ni dominaciones foráneas. Siguió hablando de imperialismo y liberación nacional, cuando esas categorías habían sido abolidas del lenguaje por corrección política, y solo por eso se merece reconocimiento.

Como decía Jauretche, Pino Solanas fue ante todo, «un nacional», y entre nacionales más tarde o más temprano nos terminamos encontrando y entendiendo, como pasó. Que descanse en paz, se lo tiene ganado. Tuits relacionados:

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