Si de liberales argentinos hablamos, Alberdi (a quien reivindican como modelo muchos de ellos) decía que eran devotos de una deidad que no conocen: la libertad. Y ejemplificando, historiaba con su aguda pluma las persecuciones que el mitrismo en el poder (MItre fue el fundador del «Partido Liberal») desataba contra sus opositores políticos, en todo el país. Lo acusaba además -con fundamento- de haber establecido un «despotismo turco» en la historia argentina, porque sus libros sobre Belgrano, San Martín, la Revolución de Mayo y la guerra de la independencia eran un «Al Corán» al que todos debían ajustarse, el relato oficial de la Argentina.
Como sabemos, Mitre tuvo éxito en la tarea, y aun hoy hay quienes creen que la historia «verdadera» del país es la que él escribió, aunque haya falseado hechos o inventado otros incomprobables. Y ese relato tuvo una clara intencionalidad política: asegurarle a la clase dominante que nadie pusiera en tela de juicio su rol en la construcción de la Argentina moderna, y de ese modo, no se cuestionara el modelo que ellos pusieron en marcha. Había que ocultar, por ejemplo, que para sostenerse en el poder entre la batalla de Pavón y la Ley Sáenz Peña (es decir, durante más de 50 años) debieron apelar al fraude electoral, a las intervenciones federales y al poder «persuasivo» del ejército de línea.
Una vez terminado el fraude y tras la experiencia de los gobiernos radicales, hubieron de apelar a los golpes militares, constituyendo a las fuerzas armadas en instrumento de los designios de las minorías del privilegio, saldando el «partido militar» nuestras controversias políticas. Antes y después de eso -es decir, durante toda la trayectoria de nuestra derecha política autodenominada liberal- apelaron a la persecución y el exterminio de sus adversarios, los fusilamientos, el destierro, la prospcripción electoral (con el radicalismo primero, y con el peronismo después), y de nuevo al fraude (pero esta vez denominado «patriótico», en la Década Infame.
Para preservar sus libertades económicas (léase privilegios) que son las únicas que verdaderamente les importan, nuestros liberales sostuvieron dictaduras militares, justificaron (y aun hoy lo siguen haciendo, para quien los quiera oír) torturas, desapariciones y violaciones masivas a los derechos humanos, instauraron el delito de opinión (con el Decreto 4161/56), derogaron una Constitución (la del 49′ ) por decreto de un gobierno militar y reformaron la propia Constitución, durante un gobierno de facto y sin la presencia de la mayoría electoral en la convención reformadora.
Dicho está que la marca de orillo de nuestro liberalismo vernáculo es que, para poder practicarlo en el plano económico, hubieron de negarlo brutalmente en el plano político. Y lo de económico habría que matizarlo, porque cuando necesitaron que el Estado velara por sus intereses, los protegiera o los subsidiara, no repararon en exigírselo.
Cuando en el 2015 lograron superar el estigma de no poder acceder al poder en elecciones limpias y democráticas, sin fraudes ni proscripciones y por uno de los suyos (con Menem practicaron con eficacia el «entrismo» al interior del peronismo), una vez allí, volvieron a mostrar la hilacha: persiguieron adversarios políticos, reprimieron la protesta social, intervinieron sindicatos, hostigaron medios y periodistas opositores o críticos, amenazaron en público a jueces cuyos fallos les molestaban, «patrullaron» las redes sociales husmeando opiniones adversas y hasta metieron presa a gente por tuitear.
De modo que solo alguien con un profundo desconocimiento de la historia argentina o un paparulo como Natanson que pergeñó aquello de «la nueva derecha moderna y democráticas», puede creer que nuestros liberales (desde 1945 para acá, antiperonistas, para más datos) creen realmente en la libertad, o en otras libertades que no sean la de poder comprar dólares, fugarlos del país, evadir impuestos, tener cuentas o empresas fantasmas en paraísos fiscales, o desregular el mercado del trabajo para poder despedir gente a gusto, sin tener que pagar indemnizaciones. A eso se reduce -como diría Alberdi- su «libertad», «he allí (siempre parafraseando al tucumano) su liberalismo».
Después de todos los sucesos trágicos de nuestra historia y en especial tras los horrores de la última dictadura, las fuerzas nacionales y populares revalorizaron lo que en los 70′, en otro clima político, se llamaban despectivamente «libertades burguesas». Entendieron correctamente que era en ese marco donde tenían todas las de ganar, y que solo con la vigencia plena, permanente y cada día más profunda de la democracia, eran posibles los cambios profundos.
Nuestros liberales, en cambio, están muy lejos de haber hecho ese aprendizaje: basta ver el comportamiento de buena parte de la oposición, en especial la más visible y radicalizada, o de los sectores sociales que se nuclean en las protestas contra el gobierno con las que canalizan su frustración por el resultado electoral del año pasado (el combustible que alimenta todas las cambiantes disconformidades explícitas), para entender que no le reconocen ninguna legitimidad al gobierno que votaron el 48 % de los argentinos, ni se sienten obligados a esperar que concluya su mandato.
Cultivando el discurso del odio unos (los dirigentes) y verbalizándolo los otros (los que ponen el cuerpo en la calle o en las redes) juegan con cosas que no tienen repuesto, siempre al borde, siempre al límite, pero eso sí: en nombre de las libertades, las instituciones de la república y la Constitución. No es casual: exactamente bajo esas mismas invocaciones se gestaron y justificaron todas las interrupciones del orden constitucional de nuestra historia, sin excepción.
Y después de cada una de ellas (como bien sabemos, y algunos prefieren olvidar) no fuimos más libres, si no menos. No les permitamos que se apropien de cosas en las que no creen, y en las que jamás han creído. Imagen relacionada:

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