HAY COSAS QUE NO CAMBIAN NUNCA

Decíamos acá hace un año: «Bien decía el propio Perón (que lo pudo comprobar en carne propia aquel 17, el primero) que el pueblo no olvida al que no lo traiciona. Por eso Perón siguió siendo Perón aun derrocado, en el exilio, proscripto y con la pretensión absurda de ser desterrado por decreto de la memoria de los argentinos: porque no traicionó a su pueblo.

Y si se nos permite la comparación, por eso Cristina (la gran protagonista de la unidad que nos condujo a las puertas de la victoria), sigue siendo Cristina: porque no traicionó al pueblo que confió en ella. Recordatorio necesario en tiempos que se le exige a Alberto Fernández que de muestras de «independencia» de ella, o que garantice que no tendrá ninguna injerencia en su gobierno.

Se lo pide el gorilismo nucleado en los sellos del establishment que hasta ayer apoyaba sin reparos la reelección de Macri, y que tras el sopapo electoral de las PASO viene intentando hacer entrismo en el «Frente de Todos», condicionando a su futuro gobierno, como los chantas del Coloquio de IDEA, la AEA y el «Foro de Convergencia Empresarial» que le quieren armar el gabinete.

La hora es difícil, y los años venideros estarán plagados de dificultades. Por eso no son para tibios, ni oportunistas que se bajan del tren a la primera de cambio, ni para arribistas de la última encuesta: por el contrario requiere de los leales, los francos y los decididos. E incluso requiere que se marquen las diferencias cuando sea necesario: el propio Alberto viene diciendo que si pierde el rumbo o se equivoca, salgamos a la calle para hacérselo saber. Lo dijo en el Nacional Buenos Aires, y lo repitió en el Congreso de la CTA que planteó su retorno a la CGT, y en el acto de homenaje a Perón en el Consejo Nacional del PJ.

Porque como decía Dardo Cabo, los leales a veces disienten, pero los obsecuentes traicionan siempre; y -esto lo agregamos nosotros- el pueblo reconoce las dificultades y sabe que las cosas no cambiarán como por arte de magia por el mero cambio de gobierno; pero no tolera las traiciones: si estuvimos a la altura de sus demandas siendo capaces de unirnos y organizarnos para ganar, sigamos haciéndolo cuando tengamos la responsabilidad de gobernar.» .

Hace dos años, para esta misma fecha: «Se trata simplemente de volver a las fuentes, sin vergüenzas falsas, sin camaleonismos, sin tibiezas ni moderaciones del discurso para fingir ser lo que no somos, o para ser lo que no debemos ser, porque para administrar el orden macrista no necesitan al peronismo, cosa que parecen no entender algunos dirigentes peronistas: para eso les sobran candidatos y estructuras disponibles.«.

Cuatro años atrás, en tiempos en los que el macrismo se soñaba (y lo soñaban) eterno: «Sin embargo los gorilas (que no vieron venir entonces al peronismo naciente, y se sorprendieron por la multitud en las calles y en la plaza) siguen igual que siempre, repitiéndose a sí mismos como si nada hubiera pasado: no escarmentados del fracaso del Decreto 4161/56 de Aramburu y Rojas, ahí anda Hernán Lombardi con sus guerrillas culturales y su revisionismo histórico sobre placas y nombres de edificios, como si la memoria popular dependiera de rutinas burocráticas. » (2016)

Siete años atrás, en tiempos de «renovación autocrítica» y cuestionamientos a Cristina en su segundo gobierno, desde el propio peronismo o sectores de él: «Sepamos ver aquél histórico día en clave actual, cuando nos quieren vender gato por liebre diciéndonos que las transformaciones pendientes (que son los derechos y conquistas que faltan, parafraseando a los reformistas del 18′) se pueden conseguir con diálogo, consenso y buenas maneras.

Porque aquéllas columnas de trabajadores que confluyeron el 17 sobre la histórica Plaza no fueron movidas por otra cosa que la amenaza concreta y real a un proceso que se abría en el país para hacerlos sentirse por primer vez contenidos; corporizado en el desplazamiento del hombre que lo estaba encarnando, por los que siempre mandaron en la Argentina. Lo que nos demuestra que, ya desde entonces y a despecho de ciertas simplificaciones históricas, cada conquista de los sectores populares en la Argentina fue un privilegio arrancado a los poderosos, que nunca se resignaron a ceder ninguno. »

Y por último para el Día de la Lealtad del 2012, se dijo acá: «Antes de odiar al peronismo por razones bien concretas, lo rechazaron por otras más profundas y culturales, expresadas en el asombro de la señora de Oyuela porque los fatigados trabajadores refrescaron sus pies en las fuentes de la Plaza: la emergencia de lo invisible, la apropiación rotunda del espacio público por las masa populares, configuraron para muchos un espectáculo que los marcaría a fuego para siempre.

Un espectáculo que tiene un magnetismo tan grande que todos (incluso los que lo niegan) han deseado en secreto replicarlo: todos, a su modo y a su tiempo, han soñado con su propio 17 de octubre; con darse un baño de masas, tomar la calle, llenar la Plaza y por que no, protagonizar su propio balcón.

Si hasta en las convocatorias agrogarcas del conflicto por las retenciones móviles o en la espontaneidad organizada de los cacerolazos contemporáneos subyace la idea de reproducir y superar aquella jornada histórica, con la vana ilusión de desterrarla de la memoria de los argentinos; sin comprender que las separa del 17 de octubre una diferencia tan grande como la que existe entre la representación escenográfica de una nueva Argentina que emergía, y la exhibición fantasmagórica de otra, que se resiste a morir. » (Las negritas son nuestras, de ahora)

Sabrán disculpar si renunciamos a la pretensión de originalidad, y nos repetimos. Es que hay ciertas cosas que no cambian nunca, y conservan vigencia hoy, como en 1945.

Como que, con pandemia o sin pandemia, solo el pueblo organizado y en la calle puede garantizar el rumbo de un proyecto que contenga y exprese a las grandes mayorías nacionales, y lo sostenga frente a las asechanzas de las minorías del privilegio. Hace 75 años, hoy y siempre.

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